
He cumplido 17 años de vivir en Taiwán. Llegué aquí hace tanto tiempo que a veces parece como si fuera un sueño mi vida en Guatemala. Pero, irónicamente, cada vez que viajo a Guatemala me parece un sueño el tener otra vida en Taiwán. Es como cuando te acuestas y tienes una vida en tus sueños, y al despertar tienes otra en la realidad: ya no sabes cuál es la real y cuál es el sueño.
Después de estos 17 años me pongo a pensar que cuando vine, vine sin expectativas. Dejé un trabajo estable de 15 años y oportunidades laborales atrás, sin saber qué me deparaba el futuro; solo sabía que quería estudiar, era mi único deseo. Tal vez no tenía lógica en ese momento lo que estaba haciendo: dejé todo solo por cumplir el sueño de estudiar en el extranjero. No tenía un trabajo seguro ni una promesa de trabajo, no había nada después.
Todo lo que vino después fue ganancia. Unos dos o tres días antes de tener que dejar Taiwán para regresar a Guatemala, recibí mi oferta de trabajo. Durante ese último semestre en la universidad conocí a quien después sería mi esposa, mi pareja, la mujer que está conmigo hoy en día. Todo lo que he recibido durante estos 17 años ha sido ganancia: encontré un trabajo, un lugar donde estar, después un apartamento; nos casamos, empezamos clases, un emprendimiento, y al día de hoy nuestra escuela ya tiene más de 10 años.
Si bien es cierto que algunas cosas salieron mal, hubo pérdidas, momentos difíciles y personas que se fueron de mi vida o de mi familia, a pesar de todo he podido ver la mano de Dios obrando en mi vida y las bendiciones recibidas. Hemos tenido luchas, diferencias culturales y discusiones como toda pareja, pero han sido discusiones sanas que nos han ayudado a formar una relación muy fuerte y a ser lo que somos hoy.
Con mi familia en Guatemala sigo en contacto continuo. Cuando voy, me gusta sentarme a tomar un café con mi madre o con mi hermano, y es como si nos hubiéramos dejado de ver apenas el día anterior: retomamos la charla exactamente en ese punto. El paso del tiempo solo lo noto al ver a mis sobrinos que ya son hombres, en vernos a nosotros mayores con más canas y alguna arruga, y en ver que mi madre y mi hermano siguen creciendo. Por lo demás, cuando llego me siento en casa y me siento bien.
Le doy gracias a Dios por estos 17 años, que se dicen fácil pero no lo han sido. No me arrepiento de nada de lo que he hecho. Si pudiera volver en el tiempo, haría exactamente lo mismo y cometería los mismos errores, sabiendo que todas esas lecciones formaron mi carácter y me llevaron a donde estoy ahora: un lugar donde puedo compartir mi filosofía de vida y aprender constantemente de los demás. He tenido la oportunidad de visitar lugares que jamás imaginé y conocer a personas con diversas experiencias laborales, idiomas y conocimientos.
Aprendo mucho de mi esposa; a pesar de trabajar y pasar todo el día juntos, siempre hay algo nuevo que aprender el uno del otro. No me da vergüenza decir que aprendo de ella ni de personas que no conozco. No pretendo saberlo todo; al contrario, me siento como un niño que no se cansa de preguntar el porqué de las cosas para entender el para qué. El aprendizaje siempre ha sido mi motor y mi curiosidad.
Me gusta ver a los amigos que he conocido y retomar la conversación donde se quedó, sin importar el tiempo transcurrido. Una disculpa si a veces he faltado en enviarles un mensaje o un correo, pero siempre me alegra verlos, escuchar sus proyectos y compartir con gente positiva. Me gusta motivar a las personas a aprender y ayudarles a ver que la vida es una bendición. Aunque a veces parezca difícil, este mundo sigue siendo hermoso y no me alcanzaría la vida para aprender todo lo que quiero.
Le doy gracias a Dios porque en estos 17 años me ha bendecido con buena salud: no me he enfermado de gravedad, no me dio COVID durante la pandemia y he vivido una vida sana. Espero poder seguir disfrutándola, compartiendo con la gente, aportando lo que sé y aprendiendo de los demás.
Gracias a Dios por mi esposa, por la familia que formamos juntos y por lo que hemos logrado. Que Dios la bendiga a ella y a mi familia en Guatemala. Y gracias a todas las personas y a la comunidad taiwanesa que han formado parte de mi vida y me han acompañado durante estos 17 años. De verdad, muchas gracias y que Dios los bendiga.