
Maestros, no me dejarán mentir: muchas veces pasamos por momentos de frustración cuando vemos que un estudiante no avanza al ritmo que esperamos. Es un sentimiento normal, pero los invito a reflexionar: miren desde dónde lo han llevado, desde ese punto inicial, hasta dónde está en este momento. Al ver su recorrido, uno empieza a entender su ritmo, su velocidad y lo que realmente necesita. Nos adaptamos a lo que el estudiante desea, a su paso, a su cadencia, incluso a su acento y su forma de hablar. Si habla despacio de forma natural, no lo vamos a cambiar. Es ahí donde empezamos a notar esas pequeñas victorias y a felicitarlos por avanzar un poco más.
Hace poco tuve una experiencia muy especial con un grupo de dos chicas que están en nivel B. En una clase en línea, estábamos platicando y le pregunté a una de ellas: “¿En dónde estás? Esta no es la sala de tu casa ni tu oficina”. Ella nos contó, totalmente en español, que estaba en un hotel. De inmediato, su compañera le empezó a preguntar con sorpresa: “¿En un hotel? ¿Pero por qué? ¿En dónde estás?”. Ella explicó que estaba viajando sola en otro país. Esta chica es madre de tres hijos, está casada, es maestra también, y su último viaje había sido en familia.
Tenían que verle el rostro y la forma en que se expresaba; no le importaron los errores. Quizás gramaticalmente no lo estaba diciendo todo perfecto, pero habló con una fluidez tal que el mensaje se entendió por completo. Decía con una cara de felicidad y de paz: “No sabes lo importante que es para una madre de tres hijos tener un tiempo a solas”. Se notaba que hablaba desde el corazón. Ya no estaba pensando en si lo decía bien, en cómo se decía tal palabra en español, si su gramática era correcta o si estaba conjugando bien los verbos. Estaba en su “zona”, expresándose tan libremente que todo lo demás dejó de importar.
Ese es el nivel de un estudiante que logra comunicarse sin preocupaciones. En ningún momento preguntó cómo se decía algo; simplemente mantuvo una charla de diez minutos en un español muy fluido. Con errores, sí, pero sumamente fluido.
Esto nos lleva a cuestionarnos como educadores:
- ¿Corregimos al estudiante en cada error que comete?
- ¿Le damos la retroalimentación necesaria para que se siga expresando?
- ¿Hacemos las correcciones al final y lo ponemos a repetir, o cómo las manejamos?
- ¿Cómo lo animamos a hablar y a poner temas sobre la mesa para que se exprese libremente, sin miedo a equivocarse?
En mis clases privadas suelo preguntarles a los alumnos sobre su estilo de aprendizaje y cómo prefieren ser corregidos. Algunos me dicen: “Quiero que me corrijas en el momento para aprender la palabra de inmediato”. Yo soy fiel creyente de no interrumpir el flujo del habla. Prefiero tomar notas y, al terminar, felicitarlos por lo que expresaron para luego proponerles mejoras. Ojo, uso la frase “vamos a mejorar” en lugar de “vamos a corregir”, y les comparto las palabras o la gramática adecuada. Cada estudiante tiene preferencias distintas, pero en lo personal, siempre prefiero hacer las correcciones al final.
Todos conocemos a personas que no dominan el idioma a la perfección, pero se comunican muy bien, transmiten sus ideas y sentimientos, y el mensaje llega. Es justo como en la evaluación del examen oral DELE: la prioridad es la comunicación efectiva, expresarse aun con tropiezos gramaticales.
Cuando un estudiante llega a ese punto, para mí, ese es el verdadero éxito de ser maestro. Significa que el alumno rompió la barrera del miedo al error gracias a todo el proceso de clase (las actividades, los juegos, los ejercicios y los audios) y logró expresarse con emoción, directo del corazón. Verlos andar por sí solos es la mayor satisfacción. Le decía a mi esposa que estas son las experiencias que me hacen querer seguir enseñando. Podemos tener 50 o 100 alumnos, pero con que uno solo alcance este nivel, sabemos que llegamos a la meta.
Si tu proceso como maestro motiva y genera esa confianza, no será solo uno, serán muchos los que se expresen con libertad. En nuestro proyecto, gracias a Dios, tenemos estudiantes que se comunican de forma muy libre; cometen errores, pero no les importa porque el mensaje llega tal y como debe llegar.
Quería compartirles esta experiencia tan especial que me hizo valorar, una vez más, la bendición de ser maestro. Tenemos el poder de cambiar la vida de las personas, su forma de ver el mundo y de ayudarlos a expresarse sin ataduras. Sigamos haciendo ese buen trabajo.
Yo soy Fernando.